miércoles, 1 de mayo de 2013

EL SUJETO DEL INCONSCIENTE NO SE EDUCA




La palabra educación está asociada a conducta o comportamiento delineado, y la pregunta obvia es: ¿qué es lo que hay que educar? Una posible respuesta sería, educar la pulsión, o en su defecto, los efectos de la represión. Dicho de otra manera los educadores administran síntomas, unos académicos y de aprendizaje otros de comportamiento.
¿Puede el psicoanálisis ayudar a prevenir dificultades futuras? En algún momento Freud creyó que sí. En el prólogo a Oskar Pfister para un libro sobre la importancia del psicoanálisis para la educación, Freud ya se lo preguntaba, veamos:
Así las cosas, surge naturalmente esta pregunta: ¿No se deberá emplear el psicoanálisis a los fines de la educación, como en su tiempo se lo hizo con la sugestión hipnótica? Las ventajas serían evidentes. El educador, por una parte, está preparado, en virtud de su conocimiento de las predisposiciones humanas universales de la infancia, para colegir entre las disposiciones infantiles aquellas que amenazan con un desenlace indeseado, y si el psicoanálisis posee influjo sobre tales orientaciones del desarrollo, el educador podrá aplicarlo antes que se instalen los signos de una evolución desfavorable. Vale decir que podrá obrar con ayuda del psicoanálisis, profilácticamente, sobre el niño todavía sano. Por otra parte, puede notar los primeros indicios de un desarrollo hacia la neurosis o hacia la perversión, y resguardar al niño de su ulterior avance en una época en que nunca lo llevarían al médico, por una serie de razones. Uno tiende a creer que esa actividad psicoanalítica del educador -y del pastor de almas, su equivalente en los países protestantes- no podría menos que producir inestimables frutos y a menudo volver superflua la actividad del médico[2].

Vemos un Freud muy idealista, tanto con respecto a las posibilidades de la educación y del educador, como del psicoanálisis. Se trataría de un educador que aplica el psicoanálisis.  Teniendo en cuenta la precisión que nos hace Jacques Lacan sobre el psicoanálisis aplicado como siendo lo que se hace en consulta con un paciente que lo demanda, podríamos pensar que si el maestro lo aplica es porque sería psicoanalista, a menos que para esta época ser psicoanalista implicara poseer conocimientos teóricos de esta disciplina, lo que nos permite preguntarnos: ¿en qué consistiría tal “actividad del psicoanálisis” de la que habla Freud?. También podemos preguntar si Freud está hablando de aplicar una teoría y en ese caso la pregunta sería ¿De qué manera el psicoanálisis, como teoría, se “aplica” a la educación con miras a la profilaxis?
Justamente párrafos atrás nos ha dicho  que se trata del psicoanálisis como psicoterapia. Hoy no creemos, con Jacques Lacan, que este sea el fin o el objetivo de un psicoanálisis, orientarlo por esta vía puede llevarnos a perdernos y a perder su especificidad. Mucho menos creer que el psicoanálisis tenga un método, un secreto, una maniobra que permita hacer profilaxis.  Seguramente una experiencia analítica temprana  para un niño podría ahorrar algún sufrimiento posterior, pero no es garantía de que eso pueda pasar.
Lo más importante es tener claro que educar y psicoanalizar son dos ejercicios opuestos porque, mientras el primero tiene que sofrenar las manifestaciones pulsionales, el segundo da vía libre para ser pasadas a la palabra, y al acto por la repetición en la cura, es decir, en la transferencia pero bajo la modalidad de la reelaboración o Ducharbeitung que se convierte en la base para esta misma. La educación no es un ejercicio de la asociación libre, Freud lo dice de manera clara:“La educación quiere cuidar que de ciertas disposiciones {constitucionales} e inclinaciones del niño no salga nada dañino para el individuo o la sociedad”[3] Si bien él consideraba que podían prevenir algo con su ejercicio, lo que es muy preciso es que la educación tiene un propósito muy claro de sofrenar, de limitar.
En este sentido, el educador no puede ser psicoanalista al mismo tiempo en su aula de clase, puede serlo por fuera del salón de clase, en su consultorio, si ha pasado por las condiciones necesarias para serlo; la primera y más importante,  por un análisis a partir del cual se ha autorizado, otras tales como el conocimiento teórico son secundarias al lado de esta. Ser analista entonces, en el aula, no es aplicar la teoría, aunque algunos asuntos de ella le pueden servir para conducirse como educador, por ejemplo, saber del inconsciente le permitirá contar con la posibilidad de la emergencia del síntoma, pero deberá contar con  que hasta allí llega lo que puede hacer y que deberá derivar u orientar a un niño a un analista para  hacerse cargo de lo que le corresponde en eso que le pasa. Es que la teoría no es una herramienta, un molde aplicable, la teoría explica pero no es la que cura. También sabemos que el texto de Freud Tres ensayos para una teoría sexual ha inspirado a muchos educadores en su oficio, para pensar el famoso “proyecto de educación sexual” impuesto por el ministerio a los educadores y a las instituciones. Si bien no logran prevenir los embarazos y las enfermedades de transmisión sexual, por lo menos cuentan con que el niño tiene sexualidad.   Es pues un empleo muy limitado el del psicoanálisis en forma directa.
Pero si este educador ha sido analizado, seguramente, su experiencia le permitirá descubrir la razón por la cual se ubica como educador. Pongo un ejemplo: Una paciente que trabaja en una institución de niños con un cierto nivel de abandono, ejerce como psicóloga y entre sus funciones están actividades de tipo educativo. Aunque lleve mucho tiempo de análisis no se autoriza como analista, pero su trabajo personal en la experiencia analítica le ha permitido descubrir que este tipo de trabajo responde a un síntoma en ella que podemos enunciar como “proteger a los niños de una manera distinta al abandono al  que  ella fue sometida”, estar avisada de esto, le permite acercarse con cierta cautela a quienes son sujetos de su trabajo, pero no le permite resolver el efecto que hace en cada uno de ellos su propia experiencia de abandono, la de los alumnos. Aquí la injerencia del psicoanálisis en la educación es apenas tangencial y limitada.
Hay un equívoco muy común, el de creer que, en la medida en que  la educación es la responsable de la neurosis, del síntoma, por la represión que de alguna manera promueve, una educación más liberal ahorraría tales síntomas. Freud lo creyó así en algún momento, especialmente en el texto El interés del psicoanálisis para las ciencias no psicológicas, en su aparatado “El interés pedagógico”, voy a citar un párrafo y a comentarlo:
Cuando los educadores se hayan familiarizado con los resultados del psicoanálisis hallarán más fácil reconciliarse con ciertas fases del desarrollo infantil y, entre otras cosas, no correrán el riesgo de sobrestimar las mociones pulsionales socialmente inservibles o perversas que afloren en el niño. Más bien se abstendrán de intentar una sofocación violenta de esas mociones cuando se enteren de que tales intervenciones a menudo producen unos resultados no menos indeseados que la misma mala conducta que la educación teme dejar pasar en el niño. Una violenta sofocación desde afuera de unas pulsiones intensas en el niño nunca las extingue ni permite su gobierno, sino que consigue una represión en virtud de la cual se establece la inclinación a contraer más tarde una neurosis. El psicoanálisis tiene a menudo oportunidad de averiguar cuánto contribuye a producir enfermedades nerviosas la severidad inoportuna e ininteligente de la educación, o bien a expensas de cuántas pérdidas en la capacidad de producir y de gozar se obtiene la normalidad exigida. Pero puede también enseñar cuán valiosas contribuciones a la formación del carácter prestan estas pulsiones asociales y perversas del niño cuando no son sometidas a la represión, sino apartadas de sus metas originarias y dirigidas a unas más valiosas, en virtud del proceso de la llamada sublimación. Nuestras mejores virtudes se han desarrollado como unas formaciones reactivas y sublimaciones sobre el terreno de las peores disposiciones {constitucionales}.La educación debería poner un cuidado extremo en no cegar estas preciosas fuentes de fuerza y limitarse a promover los procesos por los cuales esas energías pueden guiarse hacia el buen camino. En manos de una pedagogía esclarecida por el psicoanálisis descansa cuanto podemos esperar de una profilaxis individual de las neurosis.[4]
Es evidente que para Freud la responsable de la neurosis es la educación. Pero que además, lo que pasa en el niño es el efecto de un “desarrollo”.  Si bien cree que un maestro enterado de la sexualidad infantil, no se horrorizará ahora de las manifestaciones de esta en el aula o fuera de ella,  esto no es suficiente para evitar el trauma sexual ineludible que Freud piensa aquí como efecto de las limitaciones puestas por el educador. Lejos está Freud del paso más allá que da Lacan cuando nos introduce el trauma por la vía del lenguaje, allí donde hay algo que no puede pasar a las palabras, un goce experimentado que no encuentra acogida en el orden simbólico, instituyéndose en experiencia traumática, además de lo traumático mismo por la no proporcionalidad sexual.
Igualmente vemos a Freud convencido de que la sublimación se puede orientar, por supuesto entendida, por él aquí, como la producción de actos valorados socialmente, tema que venimos pensando y que toma otros rumbos en Lacan. Freud piensa que la educación puede orientar por el buen camino. Vistas las cosas de esta manera, el psicoanálisis termina confundiéndose con una educación, una orientación. Hoy sabemos que se trata de otra cosa, para decirlo de manera sencilla, que el sujeto se aperciba de lo propio que lo sitúa por fuera de la norma.
Para finalizar el comentario a esta cita ¿qué quiere decir Freud con que “En manos de una pedagogía esclarecida por el psicoanálisis descansa cuanto podemos esperar de una profilaxis individual de las neurosis”? ¿Qué sería una pedagogía esclarecida por el psicoanálisis? Tratando de poner un poco de distancia de esta perspectiva freudiana y acercándonos más a Lacan, podríamos tomar la frase a la letra y percatarnos que Freud creía en una juntura psicoanálisis-pedagogía, pero que esto lo sitúa del lado de un ideal que hoy, no creo que podamos admitir.
Es verdad, la presencia de los maestros en estos espacios es muy importante y ojalá asistieran a todas las actividades de formación que dispensa una Escuela de psicoanálisis, pero con miras a esclarecer las posibilidades e imposibilidades que hay entre el psicoanálisis y la pedagogía. Una asistencia asidua permitirá, probablemente, situar los dos planos de manera precisa, de tal forma que el uno no espere lo que no va a llegar del otro y más bien,  algo del psicoanálisis opere para una experiencia particular que enganche el maestro en una formación para su propio beneficio, probablemente al final tengamos un nuevo analista.
En algunas ocasiones, hablar de esta manera lleva al público a calificar al expositor de radical, demasiado exigente con la teoría y la práctica del psicoanálisis, fundamentalista, ortodoxo y mil calificativos que tienden a despreciar una posición. Esto pasará inadvertido cuando la convicción es de un rigor necesario, exigido al psicoanálisis para no degradar su uso.  ¡Pero si Freud habló muchas veces del psicoanálisis aplicado! Efectivamente, es en la conferencia 34 donde Freud toma partido por la aplicación del psicoanálisis a la educación y pone como ejemplo a su hija Ana, de quien sabemos que los resultados de tal empresa, fue un desvío del psicoanálisis.
En este texto Freud evoca la infancia como el periodo en el que se prepara una neurosis puesto que el niño tiene que enfrentar, según él, el dominio sobre las pulsiones y la adaptación social. Es por esto que nunca dudó en la importancia de la clínica con niños, cuando ya había surgido una neurosis manifiesta, pero también lo vemos pensando en la posibilidad de una profilaxis, veamos:
La intelección de que la mayoría de nuestros niños pasan en su desarrollo por una fase neurótica encierra el germen de un requerimiento higiénico. Cabe preguntar si no sería oportuno acudir en auxilio del niño con un análisis aunque no muestre indicios de perturbación y como una medida preventiva para el cuidado de su salud, tal como hoy se vacuna contra la difteria a niños sanos sin esperar a que contraigan esa enfermedad. El examen de esta cuestión hoy tiene sólo un interés académico; puedo permitirme elucidarla ante ustedes. A la gran multitud de nuestros contemporáneos ya el mero proyecto les parecería una impiedad enorme, y es preciso resignar toda esperanza en cuanto a conseguir que la mayoría de los padres y madres entren en análisis. Es que semejante profilaxis de las neurosis, que probablemente sería muy eficaz, presupone una constitución por entero diversa de la sociedad. La consigna en favor de la aplicación del psicoanálisis a la educación se encuentra hoy en otro lugar[5].
Si bien Freud se muestra escéptico, cree en ello. El problema no lo sitúa en la posibilidad del psicoanálisis mismo sino, en la organización social. Uno creería que Freud deduce entonces que lo que se puede hacer es una educación libre que le permita al niño satisfacer sus pulsiones de manera tranquila; pero no, cuán equivocados estamos puesto que a renglón seguido nos dirá que esto haría un daño al mismo niño y que además el papel de la educación es inhibir, prohibir, sofocar. Pero no se da por vencido, porque propone una tarea imposible para el educador puesto que de este depende que el niño no adquiera neurosis y les propone a los maestros buscar “entre la Escila de la permisión y la Caribdis de la denegación (frustración)”[6].  Debe el maestro saber cuánto se debe prohibir, en qué épocas y con qué medios.
Sin embargo, él mismo aprecia los límites que la educación pueda tener en lo constitucional, ante lo cual el maestro no puede operar de la misma manera en unos y otros, así es que les da un beneficio de inventario al reconocer que sólo pueden intervenir, en la prevención de los traumas infantiles. Pero no se ahorra una directriz:
Y si ahora reflexionamos sobre las difíciles tareas planteadas al educador: discernir la peculiaridad constitucional del niño, colegir por pequeños indicios lo que se juega en su inacabada vida anímica, dispensarle la medida correcta de amor y al mismo tiempo mantener una cuota eficaz de autoridad, nos diremos que la única preparación adecuada para el oficio de pedagogo es una formación psicoanalítica profunda. Y lo mejor será que él mismo sea analizado, pues sin una experiencia en la propia persona no es posible adueñarse del análisis. El análisis del maestro y educador parece ser una medida profiláctica más eficaz que el de los niños mismos, y además son muy escasas las dificultades que se oponen a su realización[7].
Así muestra Freud el educar como una tarea imposible, que además parte de un principio falso y es el que se puede evitar el trauma sexual, cuando ese ya viene en germen en el niño por ser hablante. Por otro lado sitúa el amor como la base para la formación; en este sentido rueda papel invocando a Freud con su fórmula perfecta para el educador ideal: aquel que sabe amar y poner límite. Sí, es cierto que esto es lo ideal, ¿pero se da? ¿Cabe dentro de los imposibles acuñados por Freud mismo?
Pero si uno avanza en el artículo vemos a un Freud dudando de las posibilidades de la educación, puesto que reflexiona sobre la obligatoriedad de llevar a los niños del lado de la subordinación de un régimen social determinado, así esté equivocado, lo cual implicaría que una educación de sesgo psicoanalítico, como la que él pensaba, debería fijarse otra meta distinta a la de los requerimientos sociales establecidos, sin embargo, considera que esto no le corresponde al psicoanálisis, que no debe decidir entre los partidos. Es claro que Freud alude a la situación social de su época y que esto le preocupaba hasta el punto de afirmar que:
Prescindo por entero de que se rehusaría al psicoanálisis todo influjo sobre la educación si abrazara propósitos inconciliables con el régimen social existente. La educación psicoanalítica asume una responsabilidad que no le han pedido si se propone modelar a sus educandos como rebeldes. Habrá cumplido su cometido si los deja lo más sanos y productivos posibles. En ella misma se contienen bastantes factores revolucionarios para garantizar que no se pondrán luego del lado de la reacción y la opresión. Y aun creo que en ningún sentido son deseables niños revolucionarios[8].
Qué lejos estaba Freud de lo que él mismo había descubierto, que el síntoma, es la objeción del sujeto a lo establecido, al goce para todos, que es la reivindicación de una singularidad que hace rebelde “por naturaleza” al niño.
Es que Freud se queda en el orden imaginario de la causa sintomática, aquello referido por los pacientes como los límites de la educación familiar ¿olvida Freud la elección de goce y la responsabilidad subjetiva de tal elección? Porque, allí donde hay una queja, es necesario ver cómo se situó el sujeto del inconsciente frente al acontecimiento referido. Es con Lacan que podemos situar la represión del lado del orden simbólico y Real, porque lo reprimido primordial es aquello que nos mantiene más acá de la destrucción absoluta a la que tiende la pulsión, podríamos decir que es una defensa intrínseca al sujeto mismo, que no hay que esperar la educación para decir que hubo represión y entonces neurosis. Sabemos que Freud teorizó el asunto así, pero pareciera que se olvidara de lo que su teoría propone, a la hora de recomendar aplicarla.
A propósito del asunto en Televisión, texto que recoge una entrevista hecha a Lacan, hay una respuesta muy interesante que toca el asunto. La pregunta es ” Hay un rumor que canta: si se goza tan mal, es que hay represión [répressión] sobre el sexo, y, esto es culpa, primero de la familia, segundo de la sociedad, y particularmente del capitalismo. La pregunta se plantea”[9].  Ante la cual Lacan responde: “Freud no dijo que la represión [refoulement]provenga del reprimir [répression] como tal: que (para dar una imagen) la castración se deba a que papá, a su crío que se toquetea el pitito, le esgrima: “ te la cortaremos, ya verás, si vuelves con eso”[10]
Una respuesta irónica en la que Lacan nos muestra las malas lecturas que se han hecho de Freud, puesto que en él hay que distinguir la represión originaria, de la que venía hablando, como estructural, y las secundarias que están determinadas por esta. Además aclara que  no se trata de un malestar como efecto de la civilización sino “malestar (síntoma) en la civilización”,[11] es decir que es inherente a esta, malestar inevitable puesto que la civilización se funda sobre la prohibición. Más enfáticamente y a manera de pregunta, Lacan dirá: “¿Por qué la familia, la sociedad misma, no serían creaciones edificadas a partir de la represión [refoulement]?”[12] Es decir que no son la sociedad, la educación y la familia las responsables de la represión y del síntoma. Posición radical de Lacan que debemos escuchar.
Se trata entonces de una represión estructural, la que introduce el lenguaje que borra al sujeto mismo, llevándolo a los confines de lo real y obligando al hablanteser a inventar algo que explique ese real mismo, Lacan lo dice así. ”…incluso cuando los recuerdos de la represión familiar no fuesen verdaderos, habría que inventarlos, y uno no se priva de hacerlo.  El  mito es esto: el intento de dar forma épica a lo que se opera a partir de la estructura”[13]
¿No se dio cuenta el mismo Freud de lo que estaba diciendo? Porque estos dos artículos que he comentado, muestran  un Freud creyente de la causa social y educacional, o la habilidad lectora de Lacan está, justamente, en leer entre líneas lo que hay en Freud y que él mismo no sabe. Así es un descifrador de lo que hay en el padre del psicoanálisis.
¿Hay un viraje en la posición de Freud con respecto a la educación? Sólo al final notamos una posición distinta, en el prólogo al libro de August Aichhorn de 1925 en el que leemos:
“Por eso no asombra que naciese la expectativa de que el empeñp psicoanalítico en torno del niño redundaría en beneficio de la actividad pedagógica, la cual se propone guiarlo en su camino hacia la madurez, ayudarlo y precaverlo de errores (…) Mi participación personal en esa aplicación del psicoanálisis ha sido muy escasa. Tempranamente había hecho mío el chiste sobre los tres oficios imposibles- que son: educar, curar, gobernar-, Aunque me empeñe sumamente en la segunda de estas tareas.  Más no por ello desconozco el alto valor social que puede reclamar para sí la labor de mis amigos pedagogos.” [14]
¿Cómo así? ¿Si todo el tiempo estuvo hablando de la educación como una posibilidad? Ahora dice que siempre la tuvo como profesión imposible, o se conduce como Platón proponiendo una república ideal, así no fuera posible realizarla? ¿Qué fin tendría esta perspectiva en Freud? En este prólogo reitera la necesidad del análisis para los maestros, de tal manera que esto les permita que el niño no sea más un enigma inaccesible ¿por qué el análisis personal permitiría a un maestro reconocer lo que es un niño? Tal vez por el reconocimiento del niño que hay en él, sobre todo de sus propios impulsos, de su síntoma y la posibilidad que tienen todos de defenderse con él.
El libro de Aichhorn le sugiere algo, veamos: “El psicoanálisis del niño puede ser aplicado por la pedagogía como medio auxiliar, pero no es apto para reemplazarla. No sólo lo prohíben razones prácticas, sino que lo desaconsejan reflexiones teóricas. Es previsible que no pasará mucho tiempo hasta que el nexo entre pedagogía y empeño psicoanalítico sea sometido a una indagación a fondo.”[15] Afirmación lejana de la conferencia 34 en la que vimos la posibilidad de una pedagogía psicoanalítica y con la que nos previene de leerlo a él mismo de manera estratificada. Uno escucha programas radiales de instituciones analítica que, seguramente de buena fe, intentan pensar todo lo que existe desde la perspectiva humana, con el psicoanálisis, en los que se esgrime la autoridad de Freud acerca del papel del educador, sin tomaren cuenta su evolución. Los oyentes quedan maravillados con lo que el psicoanálisis puede hacer, pero ahí uno se pregunta ¿qué psicoanálisis?
Si bien Freud tiene un propósito de aplicabilidad del psicoanálisis en la educación, es con Lacan que entendemos por qué el mismo Freud situó la educación entre las profesiones imposibles, al lado del psicoanalizar y el gobernar. No  podemos seguir promoviendo una educación psicoanalítica, así el mismo Freud diga que: “Cuando este ha aprendido el análisis por experiencia en su propia persona, habilitándose para aplicarlo en apoyo de su trabajo en casos fronterizos o mixtos, es preciso, evidentemente, concederle el derecho de practicar el análisis, y no es lícito estorbárselo por estrechez de miras.”[16] Olvida Freud la relación transferencial específica del psicoanálisis que para nada hay que confundir con la que surge del vínculo maestro alumno, así se basen en el fundamento del amor al saber. El acto del maestro es muy distinto del que está llamado a hacer el analista, la interpretación. El saber que se pone en juego en ambas profesiones es distinto también, mientras en la educación se trata de un saber teórico y un saber comportarse en el medio en que se vive, el saber del psicoanálisis es el saber del inconsciente, así mismo el sujeto del  que se trata no es el mismo, mientras que el de la educación es el yo en todos sus despliegues, el de la experiencia analítica es el sujeto del inconsciente que no se deja educar porque no se deja atrapar en la cadena significante desplegada en el análisis.
¿Qué puede ofrecer el psicoanálisis a la educación? Queda claro que puede ofrecer  la experiencia para aquellos comprometidos en ella que deseen emprenderla, pero no por el samaritanismo de ayudar a los alumnos sino porque se sufre, así mismo el niño derivado por un maestro que conoce algo de teoría que lo oriente, no ha analizar el niño como pensaba Freud, sino a reconocer que la experiencia analítica es del uno por uno en el consultorio de un analista.
Cuando nos convocaron a realizar un trabajo pensé que de esto ya había hablado muchas veces y decidí hacer uno nuevo  que es lo que he presentado, pero no puedo dejar de recordar uno de esos otros trabajos que no me han escuchado aquí porque fue en un espacio muy cerrado en una institución, lo que voy a decir desde ahora hace parte de ese trabajo, no voy a transcribir todo lo que dije sólo algunos apartes que me parecen necesarios para este. Se llamaba El afecto y los derechos del niño”
Decía entonces, que no es el niño del desarrollo el que más nos interesa en el psicoanálisis, es el sujeto del inconsciente que no se desarrolla sino que se estructura.  El niño del desarrollo es del que se ocupa la educación; con los mejores métodos y herramientas se  propone lograr un objetivo: “el buen desarrollo” como medida de lo “normal” como patrón que sirve para saber cuando uno de ellos se sale de la media, de la común medida porque algo salta, irrumpe como intruso, no sólo perturbando la homogeneidad, sino interrogándola.  Algo hace síntoma para otro, maestro, padre o adulto que está ahí como soporte para que un sujeto se haga representar.  Así estamos entonces en otra dimensión, en otro lugar, desconocido tanto para el mismo niño como para el adulto sorprendido.  Lugar en el que la particularidad del uno por uno de los niños se hace ver, particularidad que asusta y que hace consultar por lo que llamamos el “niño problema”.  Niño del desarrollo entonces perturbado por ese otro del que hablo, el niño de la estructura inconsciente.
Si bien no es el niño del desarrollo, el de la inteligencia, el de las facultades cognitivas el que nos ocupa en el psicoanálisis, sabemos que éste está influenciado o determinado por el que llamo de la estructura, ¿qué quiero decir con esto? Que todo ser humano está concebido no como una unidad sólida y armónica sino más bien como la coexistencia de dos antagónicas partes, una de la que podemos dar cuenta porque se ve en un yo del que podemos hablar, al que podemos describir, con el que nos vinculamos al mundo y otra parte desconocida pero existente, de la cual sabemos porque se manifiesta de muchas formas, incomodándonos, si ustedes quieren llamémosla otro yo.  Dos partes en una, ambas constituidas por el efecto del encuentro de un ser que nace con otro que lo recibe, depositario de unas demandas que antes han sido grito, interpretado para la respuesta que siempre será incompleta, es decir marcada por la imposibilidad de satisfacer todo lo que un niño pide porque lo que desea está más allá de lo que pide. 
 Si seguimos entre líneas lo dicho, nos percatamos que el psicoanálisis no propone un discurso de los ideales, qué él mismo se sabe en falta, que su fundamento es precisamente el no-todo, Que allí donde se espera lo propuesto hasta aquí, sabe que no hay ni padres ni madres óptimas o ideales, es más, que allí donde la buena voluntad del uno y del otro intenten lo mejor, el desencuentro constitutivo de lo sexual obliga a que no se pueda operar de manera ejemplar, por lo tanto, no hay el padre ideal que logre la empresa planteada, siempre será insuficiente, siempre entonces el hijo apelará al recurso del síntoma, para hablar de lo que se le hace insoportable.  Estoy diciendo en definitiva, no hay escapatoria: somos síntoma, pero síntoma necesario soportable a veces por los otros, insoportable la mayoría, motivo de discriminaciones y señalamientos desde el hogar hasta la escuela y toda comunidad que quiere la homogeneidad. 
Invocaba el derecho a un síntoma que lo represente, es decir a que entendamos que allí donde decimos: yo soy, de lo que hablamos es del síntoma que nos constituye sin escapatoria, síntoma que nos diferencia de todos, aquello que hace impedimento al encuentro tranquilo con el otro, pero que no es asunto de unos pocos, es de todos y que por lo tanto es un derecho que todo niño tiene, a ser considerado como una particularidad y no sólo como un niño problema.
Estamos entonces en el otro derecho que invoqué: El derecho a la singularidad.  Problemático, porque nos cuestiona a todos los que estamos aquí reunidos pensando en una colectividad: la de los niños, de pronto ese colectivo tiene que dejar de ser una masa homogénea para pensarla como la articulación de múltiples diferencias e individualidades.  Es cierto que nos debe mover la filosofía del bien común, pero, si lo pensamos, ese bien común se lograría si entendiéramos que cada uno es un sujeto diferente, con deseos distintos, con yoes diferentes; que a la educación le toca administrar y dirigir no la estandarización sino el uno a uno de sus niños.  El asunto es que es más difícil, más complicado, y la fuerza de la corriente de la, no sé si cabe el término universalización, nos arrastra, de buena fe pero nos lleva a negar un derecho que por la fuerza de la estructura se impone, el derecho a la diferencia.  No invoco el dejar hacer, más bien el dejar ser bajo el principio de un intento con los niños de enseñarles a ellos mismos a respetar el otro como distinto de sí mismo y por lo tanto el intento de convivir pacíficamente tratando de hacer un lazo social. 
Seguramente todos estamos convencidos de que es imposible el vínculo con el otro bajo la égida de la heterogeneidad, sin embargo lo que nosotros proponemos es el intento de la convivencia pacífica de las múltiples diferencias, mientras no estemos convencidos de ello no lograremos transmitirlo a nuestros niños.  También es por eso que cuando una diferencia se hace muy notoria nos angustiamos y no sabemos qué hacer con ella, es cuando se consulta para que ese niño que hace problema sea vuelto al redil. 
Estamos entonces en el derecho al reconocimiento de la responsabilidad del niño en lo que le pasa.  Es decir, allí donde la particularidad del infante no es medio de vínculo sino rompimiento de lazo, siempre buscamos el culpable o responsable afuera de él mismo, en los padres, quienes son llamados al orden por el discurso psicológico que piensa una ecuación directa: a padre bueno, niño bueno, ecuación que no resulta cuando vemos padres más o menos oportunos y niños conflictivos o la inversa, allí donde las dos funciones invocadas no operan el niño como respuesta es más o menos bien. 
Esto nos lleva a pensar que lo que es un sujeto no es efecto de una causa efecto directo, sino que el mismo sujeto responde desde una elección que le compete única y exclusivamente a él, por lo tanto buscar la causa y la solución en lo que hace marco para la vida de un niño, es decir en lo que lo rodea, no es la mejor vía para respetar un derecho que a su vez se convierte en una responsabilidad personal, saber por él mismo qué le compete de su malestar.  Porque no es cierto que los únicos molestos sean los profesores, padres, compañeros, el primero que sufre es el mismo niño, aunque no se percate de ello. Permitirle descubrirlo y hacerse cargo de lo que le corresponde, es la vía del sujeto, otra es la de la objetivación del niño que termina siendo manipulado por los adultos en la búsqueda de un qué le pasa y un qué podemos hacer.  Niños llevados de una consulta en otra, desde el neurólogo, pasando por los de moda, los magos que abundan en todo tipo de psicoterapias que ofrecen la cura sin contar con la palabra del niño.
Se trata pues del derecho a tomar la palabra, a decir ante otro, algo, a elaborar lo que mortifica.  Esto requiere de un tiempo particular también, un tiempo que no puede ser concebido por las instituciones que se inscriben en la lógica de la efectividad entendida como a menos tiempo más resultado, más volumen de atención, menos gasto económico; esto por un lado, por el otro la concepción de que el niño no puede tener una palabra propia porque se lo minusvalía en su capacidad de expresar, y entonces la toma de palabra por parte de los padres quienes terminan hablando por el hijo convencidos de que ellos saben qué le pasa puesto que creen saber quién es.  De lo que no están enterados es  que si cada uno es un completo desconocido para sí mismo, cómo va a ser posible que el otro padre, madre, maestro pueda saber quién soy y qué me pasa.  

BEATRIZ ELENA MAYA R. 

Miembro de la Escuela de los Foros del Campo Lacaniano, Foro Medellín, Foro Pereira. 
AME de la Escuela.  




[2] Freud S., “Introducción a Oskar Pfister, Die Psychanalytische Methode”. En Obras completas V XII. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1980, p 352
[3] Ibid. p 351
[4] Freud  S., “El interés del psicoanálisis para las ciencias no psicológicas” En: Obras completas v. XIII. Editorial Amorrortu, Buenos Aires 1980, p 192
[5] Freud S., “Conferencias de introducción al psicoanálisis. Conferencia 34”. En: Obras completas v.XII, editorial Amorrortu, Buenos Aires 1980, p 137
[6] Ibid. p 138
[7] Idem
[8] Ibid, p 139
[9] Lacan J., Televisión. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2012, p 555
[10] Ibid.
[11] Ibid. p 556
[12] Ibid
[13] Ibid. p 558
[14] Freud S., Prólogo a August Aichhorn, Verwahrloste Jugend. En Obras completas V XIX. Editorial Amorrortu, Buenos Aires 1980, p 296
[15] Ibid. p 297
[16] Ibid. p 298

sábado, 6 de abril de 2013

EL NIÑO EN PSICOANÁLISIS





Este ensayo parte de un trabajo presentado en el conversatorio Psicoanálisis e infancia. ¿Qué es un niño? (Actividad de la Asociación foro del campo Lacaniano en Pereira Colombia),  el 27 de mayo del año 2010, publicado en la revista letra analítica de la UAJFK y que el trabajo convocado en la RED RHIPNA me permite entonces seguir pensando y formalizando, la inquietud acerca del trabajo con los niños, la intervención en la institución de acuerdo a su objeto y visión de niño, el concepto y trabajo desde el psicoanálisis sobre la infancia.

Es pretensión de este escrito hacer una breve revisión del concepto de niño desde el segundo de los “Tres ensayos de una teoría sexual[1], texto en que Freud hace el descubrimiento del niño sujeto, que como el adulto, posee una sexualidad, aunque no igual a la del adulto ni realizada de igual manera; también los textos “El esclarecimiento sexual del niño[2] y “La organización genital infantil[3].  Trata también de incluir algunos datos históricos que permiten entender de donde surge y que trae las actuales concepciones que podamos tener sobre la infancia.

En el articulo “De la inocencia del niño a la sexualidad infantil”[4], la autora hace un detallado recorrido por la historia para mostrar, los diferentes tratos y concepciones que se ha dado al niño desde la época romana en la que la vida y crecimiento del niño era más atribución que daba el padre, quien en un acto de elevación luego de su nacimiento le aceptaba y reconocía, dándole entonces el derecho a la vida; hasta el momento en que Freud postula su teoría de la sexualidad infantil, tiempo en el que el niño era considerado un inocente, falto de conocimiento sobre lo sexual y carente de lo sexual en si, asunto que solo aparecía entonces en la pubertad.
Philippe Aries, en su texto[5], se dedica a investigar las representaciones estéticas o artísticas antiguas, del Medioevo, góticas, religioso, literarias etc. buscando ubicar la infancia. Encuentra que el niño no era representado como tal, de hecho en un principio no trataba de representársele, menciona por ejemplo “El tema es la escena del Evangelio en la que Jesús pide que se le acerquen los niños, y el texto latino es claro: parvuli (Párvulo: significa pequeñez poquedad, sencillez, candor, ingenuidad, pureza del ánimo). Ahora bien, el miniaturista agrupa alrededor de Jesús a ocho hombres verdaderos, sin ningún rasgo de la infancia, los cuales han sido simplemente reproducidos a tamaño reducido. Sólo su talla los distingue de los adultos.”[6], y al parecer esta dificultad o resistencia a aceptar la forma infantil desde el arte aparece desde culturas muy arcaicas, dejando ver en estas representaciones estéticas algo del lugar del niño o la infancia en dichas culturas o momentos históricos. Pero no solo el arte, dijo o no algo sobre la infancia, dice Aries: “Los historiadores de la literatura (mons. Calvé) han hecho la misma observación a propósito de la epopeya, donde los niños prodigio se conducen con el mismo arrojo y fuerza física que los valientes. Sin duda alguna, eso significa que los hombres de los siglos X y Xl no perdían el tiempo con la imagen de la infancia, la cual no tenía para ellos ningún interés, ni siquiera realidad.”[7]
Representar la niñez con las características físicas y cualidades de los hombres adultos, representa para Aries, que la infancia es entendida entonces como una etapa de transición, de paso, pues el niño deberá adquirir pronto habilidades que le permitan mezclarse con los adultos y compartir su cotidianidad, pero además esta etapa parece ser -sino rechazada- olvidada por su poca importancia. Y esto era evidente también en costumbres alrededor de la muerte, la imagen del niño no se conservaba ni en los vivos que llegaban a ser hombres, tampoco la de los niños muertos en la primera infancia, El sentimiento que ha persistido muy arraigado durante largo tiempo era el que se  engendraban muchos niños para conservar sólo algunos. Aún en el siglo XVII, en la alcoba del parto se oye, en medio del comadreo, la voz de una vecina, esposa de un relator del Consejo de Estado, que calma la inquietud de la parturienta, madre de cinco "pillos", con estas palabras: "Antes que puedan causarte muchos sufrimientos, habrás perdido la mitad, si no todos." ¡Extraña consolación!. La gente no podía apegarse demasiado a lo que se consideraba como un eventual desecho.”[8]. Tal indiferencia podía obedecer también a la situación demográfica del momento, comenta este autor, ya que nacían muchos y morían también muchos, a la falta de preparación para la vida, a la fragilidad  y debilidad que se les suponía.

 Después se nota un cambio en los sentimientos hacia la vida y la muerte de los infantes, pues se empiezan a ver representaciones de los que mueren en los retratos familiares o en las estatuas que acompañan las lápidas familiares, en estas los niños muertos se representaban con un menor tamaño o con una cabeza o cruz en sus manos. También se conocen retratos de niños enfermos a modo de exvotos u ofrendas.
DeMause, recopila en su obra otro arsenal de costumbres sobre la infancia, solo hasta el siglo XIX se prohíbe el infanticidio o vender los niños (ilegitimos, mellizos, malformados o niñas), la lactancia era mal vista por lo que existían las amas de leche (mujeres de clase baja). El control de esfínteres fue nuevo solo en el siglo XVIII, antes se llenaba a los niños con comida y se vaciaban con purgas y cremas. Mucho tiempo los niños fueron objeto sexual de los adultos sin que esto fuera juzgado como malo o dañino, lo que da cuenta de que no se pensaba que lo sexual o la sexualidad tuviesen relación con la niñez.
Después en el siglo XII, vendrá la representación estética de los ángeles desnudos, con la cual se relacionará a los niños en su gracia, pureza, y alma inmaculada, muy influenciada por la religión pues es ésta la imagen y características del niño bautizado, lleno de inocencia, o más bien que recupera la inocencia.  La influencia de la religión trae consigo un cambio sobre el concepto, trato y relación del adulto con el niño.

En el siglo XVI, el comportamiento del adulto frente al niño no tenia tantas restricciones, era permitido que un niño pequeño jugara con sus genitales libre y públicamente, los adultos se permitían palabras y acciones escabrosas, más porque no se pensaba que esto afectara su inocencia, se pensaba que era un ser irracional que no diferenciaría tales temas y a quien no concernían de ningún modo. Más al cumplir siete años, según la iglesia católica iniciaba el uso de la razón y también entonces la educación, deberá aprender sobre los modales, y moderar o cohibirse de comportamiento que antes había podido exhibir ante otros. Esto conjugado con las formas de pedagogías creadas en el tiempo, donde la severidad excesiva no pretenden sino domeñar y someter el cuerpo, la carne de hombres y mujeres, portador de algo pecaminoso y vulgar.

 Yolanda López en su articulo, reconoce dos cualidades o dimensiones que se atribuyen a la naturaleza del niño en esta época: ”Una positiva que lo hace objeto de transformación y adiestramiento y una negativa, que habla de él como un ser que carece de razón, débil, e inclinado al vicio. Esta segunda naturaleza del niño es el efecto de ser el fruto del pecado original.”[9]  Así, la educación moralista de la época se encarga de erigir al niño como el que no sabe, ni debe saber nada sobre lo sexual, y quien además requiere de un gran esfuerzo educativo que domeñe las costumbres o vicios que trae de su temprana infancia. Aries cita a un gran exponente de esta doctrina, el teólogo Jean Gerson Todos se habrán de comportar con los niños de otra manera: se les hablará sobriamente, utilizando solamente palabras y gestos decentes. En los juegos se evitará que los niños se besen, se toquen con las manos desnudas, o se miren. Se evitará la promiscuidad de los niños con los adultos, por lo menos en la cama, aunque sean del mismo sexo.... Se prohíbe rotundamente tocarse in nudo ya sea jugando o de otra manera. El niño debe oponerse a que otros lo toquen o lo besen y si lo permite debe inmediatamente confesarse para reconocer su culpa. Dice además que "sería bueno" separar a los niños durante la noche". (Aires 1987)

Otro historiador de la infancia, Loyd de Mause,[10] plantea dos lugares para los niños: como recipientes, de proyecciones de los adultos, sobre todo portadores del mal que era necesario sacarles, lo que se pretendía con costumbres como, el bautizo, golpes, ataduras en fajas, etc. Por lo que la relación padre-hijos era totalmente disciplinaria; por otro lado tenían un lugar de inversión, pues los niños cuidarían de los padres, devolviendo o dando a estos cosas y cuidados cuando lo necesitasen dejándolos como propiedad de estos.

En el tiempo de nacimiento del psicoanálisis se vive entonces una época en la cual al niño se le ve como un inocente, desconocedor de lo sexual, considerado como débil e irracional, cualquier rasgo que expresaran sobre esto era considerado como horrorosos o temprana corrupción y era severamente corregido o castigado. La sexualidad era tema oculto y saber del cual se privaba a los niños, para no contagiar su inocencia y pureza, lo cito ”los educadores, en la medida en que prestan alguna atención a la sexualidad infantil, se conducen como si compartieran nuestras opiniones acerca de la formación de los poderes de defensa morales a expensas de la sexualidad, y como si supieran que la práctica sexual hace ineducable al niño; en efecto, persiguen como vicios todas las exteriorizaciones sexuales del  niño, aunque sin lograr mucho contra ellas”[11] En el tiempo de Freud no existían estudios sobre la sexualidad infantil, y ni hablar de que se considerara influyente en la posterior constitución de la sexualidad en la edad adulta, pero Freud se da cuenta en sus investigaciones, y gracias a sus observaciones clínicas que las vivencias de la infancia tiene gran relevancia en los años posteriores y específicamente en la formación de la neurosis, pues gracias a los recuerdos que sus pacientes conservan como consientes observa como muchos de los síntomas que presentaban tenían origen o guardaban relación con la infancia, y especialmente con asuntos concernientes a la sexualidad, “el análisis reveló en el enfermo, lo mismo que en el soñante y en el artista,  el niño que pervive a penas modificado, iluminó las fuerzas pulsionales y tendencias que imprimen su sello peculiar al ser infantil, y estudio el desarrollo que lleva desde él a la madurez del adulto”[12]. Eso que hace sello desde la niñez y que perdura a penas modificado es la pulsión, que siempre está ahí, como empuje, que tiene o devela la pregunta por la sexualidad. Termina por afirmar que la sexualidad es una dimensión presente en los sujetos desde que nacen, por lo que nombra a los niños como perversos polimorfos refiriéndose con esto a que portan la pulsión sexual en sus diversas formas, que llamará pulsiones parciales y que restos de estas pueden quedar ancladas en los síntomas de los adultos.
Si bien Freud nunca trato directamente niños, su trabajo siempre lo condujo a investigar y teorizar sobre este periodo de la vida, que se puede seguir en 3 momentos: 1) en relación a la Teoria de la seducción infantil, donde los síntomas se relacionan con un suceso traumático de carácter sexual acontecido en la infancia, este surgía de nuevo en la adolescencia con la aparición de la sexualidad; aquí tenemos un niño pasivo invadido en su inocencia por la sexualidad del adulto.

El 2) momento podemos ubicarlo en el tiempo de los 3 ensayos de la teoría sexual. En el primero luego de analizar lo que en su momento llamó las aberraciones sexuales, Freud concluye que en su base hay algo innato, que de caso en caso puede fluctuar y “realzarse” por influencias vitales, pero que siguen siendo “raíces innatas de la pulsión sexual” (Freud, 1905) y dice: “De este modo, nuestro interés se dirige a la vida sexual del niño; estudiaremos el juego de influencias en virtud del cual el proceso de desarrollo de la sexualidad infantil desemboca en perversión, en la neurosis o en la vida sexual normal.”[13] En dicho texto Freud se encarga de ubicar el desarrollo de la sexualidad desde la niñez, como germen de las perversiones, por lo que nombra a los niños “perversos polimorfos”, en quienes se observan las pulsiones parciales que se exteriorizan claramente en  conductas del niño, todo lo cual parece caer en la amnesia infantil en la mayoría de los sujetos. Aquí el niño es activo, fantasea, muestra deseos incestuosos, se construye tempranamente el complejo de Edipo.

Y un 3er momento a partir de 1906, donde se dedica más a hacer observaciones de niños que se discutían en las reuniones de los miércoles, entre ellos sus hijos, nietos y Juanito a quien Freud trato por medio de su padre, le encargaba observarlo sistemáticamente y le daba indicaciones de cómo tratarlo.
Para el psicoanálisis la sexualidad es constitutiva, natural, más no en la forma del instinto, y el desenlace que de esta hace un sujeto en su infancia es estructurante, así el paso por el Edipo y lo que queda, la prohibición del incesto y la ley del padre, permitirán el particular ingreso de ese sujeto como tal en la cultura. Con estos postulados contradice totalmente el discurso de la época que pensaba la sexualidad como algo que aparece solo hasta la pubertad o en la edad adulta, además el concepto de la sexualidad como la dimensión humana que solo persigue la reproducción como fin último.

En su texto “el esclarecimiento sexual del niño” -carta en respuesta al doctor M. Fürst, médico de Hamburgo director de una revista dedicada a la medicina social y la higiene en la que se publicaría dicho articulo- responde sobre si es pertinente dar información a los niños de dicho conocimiento, lo que juzga de mera mojigatería y tal vez de la ignorancia misma de los adultos en el asunto. Retoma un poco lo tratado en los tres ensayos mostrando como incluso en el niño recién nacido se pueden ver exteriorizaciones y sensaciones de índole sexual. Piensa que este saber de no ser entregado por un adulto de confianza, continuará intrigando al niño por lo que Freud llama pulsión de investigar.

Este recorrido permite ubicar como el niño es o surge, primero con todo su carga pulsional y constitucional, la cual Freud descubrió como la sexualidad infantil, pero también surge en el espacio –por decirlo así- que el Otro le guarda. “El ser del niño emerge de esta manera, del discurso del Otro. De un Otro que significa los seres y las cosas e inscribe, a través del lenguaje en el interior del sujeto y de la sociedad los diversos sentidos en los cuales y por los cuales, el niño define una posición frente así mismo y a sus semejantes.”.[14] Cuando el psicoanálisis habla del Otro, puede referirse a varias cosas pero sin pie a grandes confusiones. Hay un Otro para el niño que nace que es la madre, quien es el primer objeto de amor, es el Otro materno de los cuidados, a quien dirige la primera demanda desde la necesidad y después desde el deseo. También esta el Gran Otro, entendido como el campo de lo simbólico, del lenguaje, la cultura, en el cual el niño o todo ser viviente deberá inscribirse de una manera particular para constituirse como sujeto. Así, la familia, la escuela, y todas las instituciones creadas culturalmente representan ese gran Otro del lenguaje en el cual el sujeto encuentro o no, se hace o no a un lugar.

Si bien el psicoanálisis plantea que el sujeto elige sobre su posición frente al Otro, también plantea que el lenguaje le pre-existe, y es posible que ese otro tenga abonado un terreno en su deseo para ese niño que llega. Esto se ilustra, de manera sencilla, por ejemplo en el caso de madres que añoran, buscan y esperan con gran ilusión u hijo, dando un lugar a ese niño en su deseo que se puede revertir en amor y anhelo; o el caso contrario puede haber una madre que al enterarse de su embarazo manifieste rechazo y con este marque el lugar en su deseo para su hijo (ejemplo más bien sencillo e ingenuo, si contamos con que el deseo en el psicoanálisis no es tan solo lo anhelado en la conciencia, hay que descifrarlo luego de refrenar un poco el goce para que entonces el deseo surga).  A esto se refiere Lacan cuando dice que el lenguaje pre-existe al sujeto, porque el Otro tiene manera de decir, de significar al niño incluso antes de su aparición en lo real.

Este recorrido rápido por algo de lo que dice el psicoanálisis, para ilustrar como la historia nos muestra los distintos modos en que el Otro de la época ha dado un tratamiento al niño, pensando en como se concibe, lo que se espera del niño, lo que no se le permite, lo que se cree que lo constituye. En los últimos tiempo además, hemos visto grandes cambios en la “forma” de tratar al niño, pasando por ignorarlo, desecharlo si recordamos el tiempo del infanticidio no judicializado, despreciarlo, subestimarlo en su saber y habilidades, corregirlo, educarlo, etc., a reconocerlo, venerarlo, escucharlo, privilegiarlo, atenderlo, tal vez con la comprensión actual de que el tiempo de la infancia no es una edad perdida o desperdiciada, sino que es el parte -importante- del ciclo vital a la que se le da ahora un trato especial. Pasamos de no tratarlo a darle un trato especial. ¿tan especial que ahora parece que no se sabe qué hacer con ellos? ¿se sabía en otro tiempo que hacer o como hacer con la infancia?
Son numerosísimas las expresiones que encontramos en la clínica privada y en los distintos ámbitos que tratan la niñez y la adolescencia, que dejan ver un cierto desconcierto o desconocimiento frente a la tarea de padres y educadores, es común escuchar. “..yo ya no sé que hacer con él…, …se me salió de las manos…, nadie puede con él…, ”, en especial las personas mayores que conocieron y vivieron algo del régimen educativo familiar y social anterior al discurso de los derechos, expresan que es gracias a este que la niñez “ya no se deja manejar” ¿qué es lo que ahora no se deja manejar? ¿Cómo se manejaba antes?.
El discurso de los derechos pretende darle lugar desde la existencia como tal dentro de una sociedad y un estado que por la historia, no lo reconocía, un niño no era un niño, era un adulto pequeño, un adulto en desarrollo, no era si alguien más no se tomaba la “molesta” tarea de atenderlo o cuidarlo, incluso la muerte o la perdida de un hijo no era motivo de aflicción pues seguramente vendrían muchos más. 

Como se puede leer el asunto con el psicoanálisis -Ante la naturaleza de lo pulsional –sexual- en el niño, ¿cuál es el papel de las instituciones socializadoras –familia, escuela, sociedad-?. Freud también expuso en su texto “El malestar en la cultura” sobre este tema, las instituciones y la familia, así como la cultura, tienen por función regular, limitar, lo pulsional de los sujetos que tiene a cargo, con miras a que se conviertan en servidores o colaboradores del avance, sostenimiento y progreso de la civilización. La renuncia pulsional como lo nombra Freud. Ponerse frente a los niños y adolescentes como orientadores, como modelos que sirvan a la identificación, lo que no significa necesariamente modelos a seguir o ejemplares, sino figuras en las que el niño pueda encontrar los significantes que le digan algo sobre el amor, el cuidado, la ley y el lazo social, también los que tal vez le dirán sobre si mismo, quién es en el deseo del Otro, significantes con lo que más adelante ese sujeto pueda hacer y en los que se pueda representar. ¿Qué significantes sobre la infancia tenemos hoy?, ¿interfieren en nuestra intervención con niños y adolescentes?

Pareciera como si la infancia siguiera representando lo que en otros tiempos, tal vez Freud diría hoy que un niño por su carácter de perverso polimorfo –lo que es atemporal- sigue mostrando lo que hace molesto o incontrolable de lo pulsional para todo sujeto. ¿es el saber sobre lo sexual lo que realmente estaba en discusión en las antiguas concepciones sobre la niñez?


LAURA MARCELA DUQUE O.
Miembro RHIPNA - Pereira
Miembro Foros del Campo Lacaniano de Pereira
Miembros de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano. 



[1] FREUD, Sigmund. Tres ensayos de teoría sexual (1905). Obras Completas Tomo VII
[2] FREUD, Sigmund. El esclarecimiento sexual del niño (Carta abierta al Dr. M Fürst) (1907). Obras completas Tomo IX
[3] FREUD, Sigmund. La Organización genital infantil (1923). Obras completas Tomo XIX
[4] LÓPEZ, Yolanda. De la inocencia del niño a la sexualidad infantil. Articulo publicado en la revista Virtual del departamento de psicoanálisis de la U. de Antioquia, Affectio Societatis.  Vol 2, No. 4 de junio de 1999.
[5] ARIÉS, Philipe. El niño y la vida familiar en el antiguo régimen. Capitulo II, el descubrimiento de la infancia. 1987. Versión digital.
[6] Idém.
[7] Idém
[8] Idém.
[9] LÓPEZ, Yolanda. …
[10] deMause, Lloyd. Historia de la infancia, 1974…
[11] FREUD. Pag. 162. Tres ensayos de teoría sexual-1905. Ed. Amorrortu
[12] FREUD, Sigmund. Prologo a August Aichhorn, al libro Verwahrloste Jungend –Juventud Descarriada-. 1925.
[13] FREUD. Pag. 162. Tres ensayos de teoría sexual-1905. Ed. Amorrortu pág, 156
[14] LOPÉZ, Yolanda. De la inocencia del niño a la sexualidad infantil. Articulo publicado en la revista Virtual del departamento de psicoanálisis de la U. de Antioquia, Affectio Societatis.  Vol 2, No. 4 de junio de 1999